Luis Silvestre Taroncher, militar defensor de la República Española. Luchó en diversos frentes acompañando al pueblo en la defensa del gobierno legalmente constituido frente a los golpistas, muchos de ellos compañeros de profesión. Al terminar la guerra fue juzgado y condenado a cadena perpetua, cumpliendo finalmente 8 años de presidio en el penal militar del Castillo de San Julián. Nunca se doblegó ante las insidias del franquismo y participó siempre en la mejora de la vida social y cultural de su ciudad, Cartagena.
Fuente: Pilar Marcos Silvestre, nieta de Luis.
Panegírico de Pilar Marcos a su abuelo
Mi abuelo Luis Silvestre Taroncher era serio y sordo. Cuando todos callaban, en esa generación silenciosa, no voluntaria, sí por temor-terror, él hablaba y contaba a quien prestaba oídos. Hablaba y nombraba la palabra Justicia, cuando estaba eliminada del vocabulario. Mi abuelo Luis aprendió a vivir-subsistir, en una España muerta y de color negro. Él se resistía a morir en vida y con su dignidad intacta bajo un traje impecable y unos zapatos con lustre, aportó lo mejor de sí para construir un presente y un futuro libre y creativo para sus nietos, para su comunidad.
Mi abuelo Luis sin saber nadar, constituyó la primera federación de natación de Cartagena, y creó la primera competición a nado en la dársena del puerto. Mi abuelo colocó una plaquita en la puerta que ponía ‘Don Luis Silvestre Taroncher, Agente comercial’ a modo de currículum y presentación, él era alguien, no estaba muerto, no le habían matado las ganas y tenía mucho que decir, que hacer. Mi abuelo Luis, un caballero que dejó la más alta torre del Castillo – cárcel de San Julián donde permaneció encerrado durante 8 años de su vida y de la de sus compañeros, bajó a una ciudad triste, silenciosa y aterrorizada en el exterior, pero muy viva de puertas para adentro. Pasó unos años de encierro voluntario por sus cojones de ellos, en un pisito de dos habitaciones, un saloncito, un balcón y una terraza compartida, de la C/ de las Beatas, popular donde las haya, donde sobrevivieron, él, su mujer, mi abuela, su hijita del alma querida y su madre, mujer culta y altiva. El estraperlo y las mañas de lazarillo fueron el día a día de mi familia y sus vecinos; las cestas que cruzaban las calles de ventana a ventana por hilos colgantes cual vagones sin raíles, los palos que se agarraban a los cables de la luz para ‘engancharse’ a la vida; las gallinas que se criaban en el terrado compartido de la casa para poder comer algún huevo fresco; el tabaco de liar, uno con otro, uno con otro, con uñas y dedos amarillos de desesperación. Mientras mi abuela, Doña Ascensión López Vinué, la que había recorrido de luto riguroso, arrastrando su pena y desesperación por todas las comandancias militares pidiendo clemencia para su amado esposo, se colocó como jefa de taller de costura propiedad de un empresario amparado por la tutela del régimen, como lo estaban todos los que querían vender una escoba.
Pasado unos años, mi abuelo Luis también se colocó a las órdenes de un empresario del textil cartagenero, le llevaba las cuentas, pero hizo algo más que cuadrar la venta de pantoloncitos para los hijos de la polla roja, él hacía diseños, era un artista dibujando, creaba todo lo que quisieras, desde un retrato hasta un plano o la planta de una casa, pero como ya os he contado que le entusiasmaba la natación sin saber nadar, mi abuelo creó para el jefe magnánimo y campechano (cual emérito), un diseño y un nombre para una finca que tenía en el campo de Barrio de Peral, donde de una balsa se construyó una gran piscina moderna, la mejor de la ciudad y mi abuelo le cedió los planos del diseño con su nombre “Piscina Olimpia”, todo un hito en la vida de los cartageneros, pues esa piscina, ya en los 70/80 pasó a ser la gran discoteca Olimpia, la misma que mantuvo las letras en curva de la entrada durante años, letras que creó e imaginó mi abuelo Luis.
Mi abuelo Luis, ya en tiempos ‘democráticos’, ayudó a crear la asociación de militares republicanos para exigir la dignidad y reparación que les debían por haber luchado contra el fascismo y defendido la República. Eran todos mayores, viejos, con cabezas altas que se sentaban en las plazas de la ciudad y veían como pasaba el tiempo sin que su reconocimiento llegase. Veían pasar a la gente metidos en otras cosas, en otros problemas
en los que ellos ya no contaban. Su tiempo los mató, y este, el presente, ni los veía ni por supuesto los recordaba. Finalmente tuvieron una compensación, o así quisieron tomarlo ellos, cansados de la espera por la verdadera Justicia, les dieron unas limosnas en forma de anuncio en el Boletín del Estado y lo celebraron con sus familias como si de una batalla ganada se tratase. Mis abuelos repartieron los cuatro cuartos entre nosotros, su querida familia y así, viéndonos felices recompensaron sus tristezas.
Mi abuelo Luis no entraba en la iglesia, acompañaba a su mujer a misa de 12 los domingos, ella entraba y él se quedaba a esperarla en la acera de enfrente fumando porque la amaba, sin ella no era nada. La respetaba y amaba a la vez, con un amor que traspasaba ideas e ideales, ella murió por él y él supo devolverle su vida. Ese amor roto por el golpe de estado del 18 de Julio del 36, contra un gobierno legalmente constituido (así me lo repitió mi abuelo una y otra vez), justo unos meses después de su boda, unos jóvenes que apenas habían podido disfrutar de los secretos de sus cuerpos fueron separados a la fuerza, una fuerza mayor impuesta por los viles asesinos de esperanzas, ilusiones rotas donde ya nada pudo ser como habían imaginado.
Ese amor en la distancia y el horror se mantuvo por correspondencia. Al principio en tierra republicana con cartas llenas de planes de reencuentros fogosos, y más tarde, ya preso en forma de novelas con códigos para pasar la censura y la lectura de los indeseables. Señalaban con un puntito diminuto las letras de las páginas pares para después extraer los besos que contenían.
Mis abuelos se amaban en tiempos de odio y eso los salvó.
Mis abuelos, como tantos otros, tuvieron que adaptarse, renunciaron a sus sueños pero construyeron otra vida dentro de la muerte, una vida de la que salí yo, nieta inquieta que jamás olvidará sus sufrimientos para que yo y mis hermanos y toda mi generación pudiese vivir en libertad.

No hay resquicio que objetar a la loa que Pilar dedica a su abuelo. Pero sí es justo comentar que la lucha de hombres como Luis y de su mujer Ascensión por crear un mundo mejor para sus hijos, nietos y posteriores generaciones, no ha sido en balde. Muy tarde han podido disfrutar algo por lo que ellos mismos lucharon y que no disfrutaron lo suficiente, el fin de la dictadura y el advenimiento de la democracia. Es verdad que la que nos llegó no era aquella que defendieron y por la que fueron represaliados (hay que tener en cuenta que la represión no recaía sólo en el hombre, la represión sobre éste, como mínimo, suponía una doble carga para la mujer). También es verdad que vino muy defectuosa, pero la lucha que sostuvieron Luis y Ascensión, nos permiten avances e ilusiones en las conquistas que sin ella hubiera sido imposible realizar.
Ahora nos toca no echar a perder todo aquello que gracias a ellos y a ellas estamos disfrutando. Visibilicemos la dignidad de estas personas, dignidad que quisieron quitarles y que no pudieron. Y, sobre todo, no olvidemos su lucha, sus conquistas, sus esperanzas, no echemos por tierra ese legado ilusionante de amor, libertad, solidaridad que nos han enseñado; No olvidemos, en definitiva, ese legado de vida que nos han dado. El recuerdo, el no olvidar, es hacerles justicia, permitiéndonos a la vez seguir por la senda de avanzar en la conquista de derechos, sobre todo para aquellas capas sociales que son más vulnerables, las que poco o nada han tenido o tienen acceso a disfrutarlos.
Comentario de Bernardo Sánchez Muñoz (memorialista).

