Ernesto Ruíz Luján, nació el 14 de agosto de 1906 en Cartagena. De profesión Albañil. Presidió el sindicato U.G.T. en la sección de albañiles desde 1931. Militante del Partido Socialista, hombre progresista y comprometido, intervino en mítines en el Ayuntamiento de Cartagena y en la plaza de toros. Ostentó algún cargo en obras públicas como la dirección de los refugios antiaéreos, en el de la calle 4 Santos. Sin delitos de sangre y con la conciencia tranquila, decidió no marcharse de Cartagena una vez finalizada la guerra de España.
Fue detenido a los 33 años de edad en mayo del 39 y acusado de rebelión por defender la República. Se le acusó también de la muerte del Chipé sin pruebas, basándose exclusivamente en el rumor público.
El juicio se produce en Cartagena el 11 de agosto de 1939, donde se le sentencia a muerte. Mes y medio más tarde, se le conmutó la pena por la de 30 años de prisión. Enfermo, se le vuelve a conmutar la pena, ahora por la de 12 años, y meses más tarde le conceden la libertad condicional, aplicándole la prisión atenuada finalmente. Enfermo y derrotado con 37 años, en régimen de prisión atenuada, de manera intermitente, lo volvían a apresar, con el consiguiente apaleamiento y tortura. Estuvo así los siguientes años hasta su ingreso en el sanatorio de tuberculosos de Canteras (Cartagena). Desahuciado por tuberculosis pulmonar, murió en septiembre de 1950. Fue enterrado en una fosa común en el cementerio municipal de los Remedios en Cartagena.
Además de la muerte del Chipé sin pruebas, se le culpó también de ostentar cargos públicos, de intervenir en mítines y, lo más grave, de ser socialista, de lo cual, como persona íntegra, nunca se arrepintió.
Dejando en el mayor desamparo a esposa y 7 hijos (en el momento de su detención cinco de ellos tenían edades comprendidas entre 4 y 11 años), fue vapuleado, vilipendiado, torturado, ultrajado.. desde que acabara la guerra hasta su muerte. Incluso después de concedida la presión atenuada siguió sufriendo los apaleamientos y las torturas hasta que su cuerpo no aguantó más.
La historia se olvidó de Ernesto así como de muchos otros miles como él, que fueron juzgados, denostados y vejados por un régimen asesino, con una sociedad amnesiada, que hizo oídos sordos, haciéndose de esa manera cómplice de la felonía con la que el régimen franquista trató a los que fueron represaliados por defender el régimen democrático que en ese momento de la historia estaba en vigor. Sus juicios fueron fraudulentos, falsos y carente de toda legitimidad.
Ochenta y tres años más tarde se hace imperioso, de una vez por todas, el que cicatricen las heridas producidas por una historia ignominiosamente mal contada y tergiversada, que sólo puede ser conseguido con Verdad, Justicia y Reparación para todas estas personas.
Ernesto, persona honrada, trabajadora, íntegra y leal a sus ideales progresistas, víctima (como otras muchas miles) de una dictadura asesina y cruel, después de tantas décadas de acabada la guerra, de llegar la «victoria», no la paz, aún es deudora de reconocimiento por la sociedad española. Esta es nuestra vergonzosa deuda para con las víctimas del franquismo, este es nuestro infame déficit democrático todavía por saldar.

Fuentes: La familia y Piluca Sánchez Soriano (investigadora) Comentarios de Bernardo Sánchez Muñoz, memorialista.

